DIOSAS
La casa de Aída, nuestra amiga, está dentro de un gran jardín en pleno centro de Bariloche, donde unas bellas diosas no necesitan la luz de la luna, mejor si la hay, para reunirse a conjurar el amor en cualquiera de sus formas.
Ubicada a unos metros del Centro Cívico es difícil creer que se escuche el canto de los pájaros por sobre el ruido de los automóviles de la calle. O no te importen los avatares del clima de la ciudad, por la sensación de resguardo que uno siente dentro de un microclima especial.Seguro tienen que ver un viejo Roble o un majestuoso Maitén, o la distribución estratégica de los arbustos que sostienen increíbles colores.
Rincones con tulipanes, ligustrinas, enredaderas, flores en las ventanas, en fin... todo conspira para dejar del otro lado de la pequeña verja de madera el molesto afuera. Y para que yo renueve mis votos al otoño. Dentro de la casa las cartas de su Tarot vuelan suspendidas por las habitaciones; las esencias florales de bosques y valles patagónicos juegan a las escondidas con el humo de los inciensos; profundas dolencias se rinden en brazos de antiquísimas técnicas orientales sobre una camilla, único mobiliario de un cuarto alfombrado. También unas musas protestan su aburrimiento sobre el teclado de su computadora apagada.
Nuestra amiga, de enorme sonrisa, vestida con los colores de un big bang (ni hablar de su calzado, en tonos y formas imposibles de imaginar) ahora, destapa un frasco de berenjenas en escabeche: pócima secreta para una cena informal que compartiremos las tres.
El encuentro de seres que vibran en una misma frecuencia no es asunto a resolver en bajas dimensiones, con estrategias humanas, ni apostando a conductas previsibles. Aída los convoca sin decir agua va. Las ondas entran y salen a cualquier hora por las puertas y ventanas de su casa. Mensajes y códigos que, a mi mente simple y densa le resulta imposible descifrar. A su lado termino creyendo que nada malo habrá de sucederme si permito que las hadas me rocen con sus largas colas. La clave es estar atento. Lo demás viene solo. La armonía está de tu lado cuando de estos menesteres se trata.

Visitarla, entonces, supone una experiencia rara que disfruto entre mariposas de cristal suspendidas de las ventanas y jirafas en escala venidas de no sé qué país exótico. Sus largos cuellos asoman por sobre una colección de diminutas tacitas de cerámica mejicana, o rusa, o que sé yo.
Es una experiencia imprevisible. Siempre enriquecedora, por lo que vivo, encuentro, recojo y dejo allí. Además de anillarme en su enorme y blanca cama llena de almohadas de plumas, aunque con una rojo furioso –no podría ser otro color– frazada Palette.
O sea, mi sueño llega entre suaves almohadas, mesas de luz atestadas de libros e íntimos secretos compartidos entre risitas.
¡Qué placer!
Hay que ganarse esa cama. ¿Eh?
Bien. Luego del desquite de pedalear tranquila, por la orilla del Nahuel Huapi, (entiéndase que me levanté a las 8.00 cuando los automóviles aún no corrían por las venas del Nahuelito urbano), regreso a la casa cansada pero feliz.
XR
Llega en el transcurso de la mañana otra diosa bruja amiga de Aída, encima, bonita. Coordina un taller en esta misma casa. El grupo, dice, está trabajando la relación de cada uno con el dinero. Ya que estamos de visita, nos invita a participar esa misma tarde. Dinero, Já.
Tengo una pésima relación con el dinero, le contesto.
Y arranco.
Siempre me costó ganarlo. Eternamente, y pongo mis ojos en blanco, tengo que hacer trabajos que no me gustan para obtenerlo, Cuando lo consigo, lo pierdo. Dicho así para que vea que sé de qué hablo, cuando hablo.
¿Amplío? Cobro el sueldo y sin saberlo lo llevo en mi mochila cuando salgo a caminar hacia una playa alejada. No me preguntes cómo fue a parar a mi mochila. Porque no lo sé. Pierdo la billetera con el sueldo íntegro.
¿Qué pasa?
Toing.
Me imagino como esas gallinas que le cortan la cabeza de una cuchillada y siguen dando dramáticos pasos hasta que la vida toda se les escurre por el pescuezo.
Porque el Verbo se hizo carne, decía y levantaba un dedo largo, profético. Peligroso. Y el eco retumbaba entre las columnas del templo. Entonces, yo de puro miedo ahogaba mi verbo con la almohada.
¿Qué me distrajo? Será que por rebuscados mecanismos internos ha de ser “beneficioso” no tener dinero. Uno no decide nada, no se ve en la obligación de hacer nada, no quiere nada. Se regodea dentro de su guarida lamiendo gozoso su propia herida.
Las botitas acordonadas fucsia helado frutos del bosque de Aída, me resetean el cerebro.
Nos vamos a Villa La Angostura a pasar la tarde. Luego seguiré con mis deberes.
Tengo una certeza. Necesito el dinero, lo quiero. Para disfrutar, entre otras maravillas, de su mirada una mañana de mayo en el vagón comedor de un fantástico tren, mientras tomamos el desayuno, una frente a la otra, entre las altas paredes de piedras negras y rojas de los cerros de Pilcaniyeu, un lugar de la Línea Sur de la Patagonia.
No sé cuando lo pedí, pero celebro que llegó. Pido seguir teniendo la sensibilidad que hoy me lleva a escribirlo.
Próximo capítulo: FOTOS PARADISO