12.22.2006

JORGE DE ORO

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.En la feria me reencuentro Jorge de Oro, un músico aquerenciado en El Bolsón que le pide prestados acordes a la memoria de un lago y te los entrega en suaves melodías.

Me acerco a su pequeño puesto como tantas turistas, y ante su actitud serena, ajena, como si en ese preciso momento estuviera escuchando el arrullo mismo del agua, me vienen de nuevo las tremendas ganas. De descubrir en este rincón de la Patagonia el frágil puente que une su talento con el arte, la clave secreta que le permite ser parte.


Recuerdo mi primera conversación con este tímido hombre de perfil bajo, hace 10 años frente a su pequeño puesto (no se necesitaba demasiado espacio para colocar unos cassettes y unos novedosos discos compactos)
Gracias Jorge–le dije emocionada por estar ante un grande. -Es un placer escuchar tus temas. Yo no compongo ni entiendo demasiado, pero me gusta tu música, la siento, me hace bien.
Yo tengo que agradecerte a vos –me contesto. Y agregó: Necesito tu sensibilidad para que mi música adquiera un sentido, seres como vos que escuchen mis temas y los disfruten. Y saber que les sirve, porque me lo dicen personalmente, es algo muy importante, muy lindo para mí. Gracias otra vez.
Será así –le contesté. Pensaré que no existen las melodías si no hay quien la sienta. Que no existen las palabras si nadie las dibuja. Ni los libros si no hay quienes los lean. O el amor, si no hay quien lo practique.

Pasaron los años y ahora frente a él -más años él, más años yo- repienso esas frases. El puesto es aún menor. A la vista sólo un disc-man y su último CD.




Me coloco los auriculares y me sucede otra vez: quedo a solas con una melodía primordial que se mete por la piel, juega entre mis huesos camino al alma y me acaricia lo profundo.

Fantástico –digo luego de sobrevolar sus temas y posarme suave frente a él.

Gracias a vos –murmura.

Jorge de Oro, mis respetos.

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Fotografías: Patagonia.com.ar

Próximo Capítulo: JODIDOS

12.21.2006


JODIDOS



Recorro los puestos de artesanías. Uno muy cerca de otro. Hay puestos y puestos. Desde una mesa con quesos, o panes, o bolsitas de harina integral, hasta un degradé de niveles cubiertos con un paño donde colocan frascos con los diversos dulces de frutos rojos de la zona, jabones aromáticos, velas, piedras, platería, flores secas, etc.

Colgados de las estructuras de hierro, atrapa sueños y llamadores de ángeles convocan con sus tintineos. O percheros con prendas de lanas tejidas a mano o telar acaso refieren cómo pasan las horas de invierno quienes viven en El Bolsón. Canastos con madejas y ovillos para quienes saben de qué se trata.

También están los puestos donde una tela cubre en su totalidad la estructura, para aprovechar mejor el espacio interior. Sobre las veredas de la plaza, a la vista de todos, palpita la trastienda de la feria. No muy diferente a la feria.


Algunos aprovechan las horas para continuar con el armado de sus trabajos. Otros comparten un mate, un termo con café, comen, conversan, tejen, amamantan, se miman, fuman -se fuman, agregarían los malos. O juntan firmas para oponerse a los trabajos de una empresa minera en El Hoyo. Hacen saber los daños nefastos, irreversibles que causará el emprendimiento.

Y hay quienes prefieren estar solos.
Como yo.
Fuera, Anushka.




No le veo los ojos, pero sin son azules, podría ser alguien parecido a él.



Y sola camino cuando lo veo.

Y... nuestros ojos se encontraron, porque una formidable ley de la vida hace que los jodidos se encuentren, escribió Luis Sepúlveda.


El hombre esta sentado delante de su puesto. Detrás, piezas de maderas se apilan sobre mesadas: fuentes de todos los tamaños, cucharas, cucharitas, cucharones, utensilios de las más variadas formas, percheros, platos, relojes, morteros, etc.
Él, sentado en su banquito, mira la galería de personas que van y vienen por el corredor de asfalto que separa una y otra hilera de puestos.
Un sombrero de tela gruesa sólo deja ver su tupida barba blanca. Viste una parca oscura que roza el piso - porque insisto, el banco es muy bajo. Unos viejos aunque enteros zapatones de cuero, acordonados, de puntas redondeadas asoman por debajo.
Descansa encorvado, como si necesitara apoyar sobre sus piernas alguna pesada historia que sostienen sus brazos.


Azules. Azules eran sus ojos cuando nuestras miradas se encontraron.

Saludo y paso al interior del puesto a mirar su arte. Y por cierto me lleva tiempo, hay mucho para revolver.


–¿Qué es esto? –le pregunto intrigada.
Gira despacio y mira lo que yo tengo en la mano: una pequeña pieza con finísimas ranuras muy parejas a su alrededor. Me mira. Mira la pieza, me mira otra vez. Lento se levanta, ¿con desgana? Y arroja con firmeza la pieza a la calle. Comienza a girar sobre sí misma de manera vertiginosa.
–Ah... Un trompo –digo.
–Un trompo –repite.
–Gracias. Qué bonito... –digo para no darle lugar al Qué pedazo de idiota que pide pista entre los dos.
Recoge el trompo, me lo devuelve y regresa a su banco.
Por supuesto no pregunto más.


Me quedo a su lado en silencio. A jugar con él. A escuchar lo que dicen los otros cuando pasan delante de uno. Conozco las reglas del juego, viejo zorro. Suelo practicarlo sentada sobre la arena de la playa en plena temporada veraniega. Sí que es un pasatiempo entretenido. Patético.

Al cabo de un tiempo dice, o me dice, cómo saberlo:

Hace unos años pasaron los hijo de puta. Qué, hijo de puta, pará hijo de puta, si será hijo de puta.
Y nos llenamos de hijos de putas. El país entero se llenó de hijos de putas.


Hizo una pausa. Luego continuó:


Luego pasaron los boludo. Qué hacés boludo. Si serás boludo. Pará boludo. Todos eran boludos.
Y se llenó de boludos nomás.


Otra pausa.

Ahora son los locos. Pará loco, cortála loco. Aguantáme loco. Qué hacés loco.

Nueva pausa. Larga pausa.

Yo no quiero perderme esto cuando se llene de locos. Locos por todos lados. De veras no me lo quiero perder, quiero vivir sólo para ver eso.
Porque será fabuloso
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A modo de despedida me vienen unas tremendas ganas de besar en la boca a este genuino metafísico. (Seguro ya hizo los deberes) Pero no lo hago. No quiero ser la primera en llegar al festín apocalíptico de su visión.
Quizá, sin decirlo, juntos añoramos a otros apasionados, volados jóvenes que anidaron en este rincón de la Patagonia. Lindos, diferentes locos.




Próximo Capítulo: HANTA FRIO



12.20.2006


HANTA FRÍO



Me despiertan unos ruidos. Ruidos entre el techo y la ventana.

¿Qué es eso?

Hay detalles en la construcción del Hostel que, evidentemente porque se les vino la temporada encima, quedaron sin terminar. Los ruidos vienen de arriba, justo por donde pasa una viga de lado a lado con caños de luz y otros conductos intestinales del edificio.

¡Ratas!
Enormes ratas. Van y vienen a 40 cm sobre mi cabeza. Están ahí en el alero sobre la ventana. Las presiento, por el ruido, gordas, pesadas, con uñas largas. Qué asco.

¡Hanta Virus! El Bolsón. Pánico.

Salgo de mi saco de dormir, lo más rápido que permite salir de un saco de dormir, y bajo de la cucheta, lo más rápido que alguien con un brote se puede descolgar de una cama cucheta. Trato de verlas. Apoyo mi cara sobre el vidrio y miro el alero de afuera de la ventana.
¡Ahijunas salgan! ¡Necesito saber donde están para tener la certeza que no van a esconderse en mi nido!
Todavía el cielo está oscuro, solo brilla el lucero.
Entonces, las veo, gordas, rápidas. Golpean fuerte cuando caen sobre el alero y luego se descuelgan lentas, aferrándose al borde de la chapa en frustrado intento y caen sobre la alfombra de gramilla de la entrada del hostel. Una detrás de la otra. Como gotas de agua. Gordas y pesadas gotas de agua. Porque son gotas. Gotas de agua. Pesadas gotas de agua. Pero no llueve. Sé que no llueve. ¿Qué cuernos es esto?

Por las dudas aplasto toda, mi bolsa de dormir. Ni en pedo me meto ahí dentro otra vez. Y lo escribo fiel a la forma oral de mi discurso.





Ya que estoy levantada aprovecharé el día desde temprano.
Me doy una ducha de agua bien caliente para sacarme las ratas de encima, me visto, cuelgo la toalla sobre los radiadores de la calefacción y bajo. A ver qué onda sintonizo por ahí.
Ninguna. Todos duermen. Las montañas asoman entre la bruma. Me explota la cabeza de programas. Tomo unos mates y subo a buscar a XR. Qué bonita. Chequeo, todo bien.

Me pongo mis guantes de lana (dejan la mitad de los dedos afuera, maravillosos porque me permiten hacer todo sin sacármelos, así no los pierdo) buzo de manta polar y salgo pelitos mojados al viento (muy corto porque me vino una ola de pintura encima cuando pintaba el techo de mi casa y corté lo que el aguarrás no sacó, o sea, todo)

Hilos de agua chorrean por mi cara. Sacudo la cabeza, no como lo hacen las chicas de Giordano, sino como mi perro Mallín cuando lo sorprendían las olas del mar: con ganas. Y cargo un potecito de crema para ponerme como protección en la cara cuando el sol pegue.
Saludo al pichicho del Hostel, cierro la tranquera y parto rauda por un camino de chacras rumbo al pueblo. (Unas 6 cuadras a la plaza central)
Al cruzar el puentecito, ahí nomás, los dedos me empiezan a doler. Tecleo sobre la palanca de cambio y no le doy importancia.
Al toque, nomás, son alfilerazos en la cara, tijeretazos en la cabeza. Frío, debe ser el frío, pienso, Y sigo a puro pedal. Qué me importa el frío. Ya va a pasar, si ayer hizo un calor bárbaro, estaba con remera manga corta.

La idea es ir hasta Las Golondrinas, a 4 kilómetros del El Bolsón, donde hay una serie de establecimientos agroturísticos dignos de visitar.
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Dejo de sentir los dedos, sólo lacerantes puntadas cuando intento mover alguno de ellos. La piel de la cara me empieza a tirar, con dolor. Y me duele tanto o más que la parte superior de mi cabeza. Me toco la cara. No siento la cara porque no siento el dedo con que toco la cara. Se ha vuelto de plomo hueco.
¡Mierda! Me estoy congelando.
Esto es groso.

Doy la vuelta y vuelvo al hostel absolutamente congelada con un gorro de púas puesto en la mollera.
Imposible abrir el pasador de la tranquera por la inmovilidad de los dedos. Paso por la tranquerita angosta de un costado que se abre sólo empujando. Lo hago apoyándole el hombro aún sin congelar.
Dejo a XR bajo una ventana, ella es de fiero y se la aguanta, y apurada entro al Hostel.
Miro el reloj que esta sobre la estufa hogar. Son las 8.30
En la escalera me cruzo con Carlitos, con cara de dormido. No sé que aspecto tengo pero se ríe y me dice: Te agarró la helada. Hace frío. Sí. Sólo vine a buscar más abrigo. Noto que me cuesta hablar.
Preparo unos mates. ¿Si?
Enísimo, le digo. Supongo quise decir buenísimo.

Subo la escalera con los alfilerazos clavados en la piel y me meto al dormitorio. En el baño abro la canilla del lavamanos y meto los dedos bajo el agua caliente.
Quien ha pasado por esto puede saber qué cosa intento explicar. Qué padecimientos hay que soportar. Acaso una tortura china, si los chinos torturan con las mismas agujas con que curan.
Me miro en el espejo y... ¡AY... qué horror!
Espanto agravado porque ahora entiendo la risa de Carlitos. Mis pelos cortitos, mojaditos, bien paraditos, re fashion la loca, se ven firmes como estalactitas. La cara es una máscara dura, tensa. Por eso no pude pronunciar buenísimo porque decirlo, cualquiera puede probar, se necesita desplazar la maza de mejillas, heladas en mi caso, hacia delante. Cosa imposible en este estado.
Mis labios están azules como alguna vez vi los labios de la muerte.
De veras me asusto.

Descongelarse duele más que congelarse. Lo sé.
Lo que no sé cuantas veces salté dentro del dormitorio, puse las manos debajo del agua caliente, volví a saltar, corrí a poner la cabeza debajo del chorro caliente, me froté la cara, gemí de dolor.
Bajo como si nada, con el orgullo amordazado. Carlitos organiza el tema de los cestos de basura. Así que preparo unos mates y no me alejo dos trancos de los mecheros de las cocinas, esperando que calme el enrojecimiento que dejó la revolución de grados extremistas en mi piel.

Esa fría mañana aprendí:

· Que, las gotas que caen de los distintos niveles del techo a medida que se descongela la humedad, en una cama del Hostel Refugio Patagónico se vuelven ratas gordas a la salida de los sueños.
· Que, no tengo que cometer el error de salir mojada, chorreando agua, antes de las 10 de la mañana porque es una tremenda pelotudez. Uno se congela.
· Que, si lo hago, mejor que vaya abrigada de arriba abajo incluyendo la última falange de los dedos, por las fuertes heladas. Aunque después con el calor, tenga que esconder la ropa en el bosque, como lo hago en la playa.

Y, por último y lo más importante,

· Que, tengo que “abolsonarme” como los gringos, y bajar dos cambios. Dejarme de jorobar. Vamos..., las Golondrinas en la Comarca Andina del Paralelo 42 no se van a volar si caigo tipo mediodía y sin el look refashion pelitos mojados.
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Próximo: NOCHE HOT

12.19.2006

ESPEJOS

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Espejo roto - Sandra Pérez
Cultura Cubana

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Cremas Naturales. Invita un cartel de un puesto en la Feria.


Veamos: Rosa Mosqueta, Caléndula, Romero. Lavanda. Aceites esenciales. Delicadas etiquetas identifican los frasquitos petisos, hexagonales que una mujer saca de una caja y acomoda en su puesto, sobre una tabla-mostrador.
Me sonríe. Tiene ojos tristes. Y arruguitas tristes. Me pasaría la mañana intentando develar su historia.

Las mías todavía duelen –me escucho decirle.

¿Cómo decís? Que me duelen las arrugas. ¿Qué tenés para el dolor de cara? Y ahí nomás no sé de dónde ni porqué me viene una risa que degenera en sucesivas carcajadas y la certeza de no poder parar jamás, si la mujer no se decide a rescatarme y deja de mirarme como lo hace.

Ni sé si me escuchó. Las lágrimas se me hacen cristales por el frío.Ya no sé si río o lloro, porque el acto de hacerlo, el espasmo físico mismo, me es parecido. Me pasa, en determinadas ocasiones que no viene al caso analizar, empiezo de una manera y acabo en la otra. Sin recordar si las humedades en los ojos me vienen por alguna risa o devienen por un llanto. Qué más da.

Finalmente, sofoco mi brote histriónico bajo en cuello de paño polar que llevo como abrigo. Ay, qué risa. Cómo duelen los espejos –le digo a modo de excusa. No aclares que oscurece, me sugiere alguna de mis Anas. Son con base de cera de abejas –explica cuando me supone nivelada. Y me da un frasquito destapado. Podés probarla, si querés, agrega.

Claro que quiero.

La textura y el color me remiten a unas abejas y a mi amigo Alberto, único habitante de la playa de Piedras Coloradas, quien me saca divinas ventajas en esto de estar locos.

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Con mi amigo Alberto

Amante del nudismo, se desnudó delante de una colmena y sacó la tapa superior de la misma, para demostrarse a si mismo que si estaba en cueros no lo picarían las abejas. Bruce, un yankee avenido a patagónico, sorprendido, Ou, Ou, Ou, afortunadamente registró el momento con su cámara. Si no muestra la foto, ¿quién se lo cree? Pues, hay que decir que mi amigo estaba en lo cierto. Y también, que aquella imagen con las abejas revoloteándole encima, es por demás interesante.

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Daniel. Apicultor, poeta, soñador.

Colmenas en Piedras Coloradas - Las Grutas - Patagonia


Alberto, un hombre especial



Del mismo modo, el aroma de la crema me trae una larga noche en un refugio sobre una duna del mismo lugar, junto a una cocina atiborrada de leña. Necesitábamos calor para facilitar la extracción de la miel de los panales. Esa noche fui parte del sueño de dos amigos que apostaron a colmenas entre hermosos chañares frente al mar y a la variedad de flores del monte patagónico. Éramos tres extraños felices alquimistas develando, esa noche, los secretos de la miel. Sabrosa miel.

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Le devuelvo el frasquito a la mujer.
Lo llevo. –le digo. Unas finitas canas se mezclan entre el pelo oscuro que le llega a los hombros.
¿Cómo decís? Y yo no sé qué dije. Pero me quedé colgada de sus canas.
Que somos espejos le digo a una turista que llegó al puesto.
¿Sabés? Hace poco decidí no teñirme más el pelo. Harta de estar harta de hacer con mi pelo cosas que me hartan. Se entiende ¿no? Decíme que sí así sigo, total tu amiga está entretenida con la dueña del puesto.
En verdad, entre nosotras tengo el pelo blanco como mi vieja, le digo bajando la vos. Reímos las dos.
Bien, decido no mirarme en los espejos para poder soportar el período de transición desde un color a otro. Perfecto, me dije, una idea genial. La aprendí de un amigo, otro amigo, que no los pone en su casa porque, afirma, a esta altura de su vida, con más años y menos pelo, se resiste a darles la razón.


Me escucha con interés. Sonríe.
Arranqué de maravillas con este honesto proyecto para conmigo misma, continúo. Frente a un espejo no te ves, porque decidiste no verte.
Asiente.
Todo bien. Hasta que los demás, esos otros espejos que uno tiene enfrente, comienzan a no bancarse el verme con 4 dedeos de raíces blancas. Vaya uno a saber que ven cuando me ven. Y viene: -de onda ¿no?- ¿Estás loca? ¡Parecés una vieja! Dejáte de joder... Veníte esta tarde y yo te tiño. En verdad te avejenta. Bla, bla. Bla.
Bien, entonces recurro al plan B: me pongo un gorrito o me enrosco pañuelos en la cabeza. Pero, indudablemente, los gorros en mi cabeza encuban años.
En definitiva, termino cansada, agotada, sintiéndome fea y vieja. Me trizo cada vez que me miro en los demás.
¿Cómo descomprimo el asunto? Compro una cajita de tintura y listo.
Qué pena, murmura la mujer. Sí, una pena. ¿Querés saber qué decía mi madre cada vez que salía el tema de las canas? Decíme que sí otra vez. O no me digas nada. Es lo mismo.


“Cada cana es una flor que nace sobre la tumba de una ilusión”


Oh, no! La escuchábamos y con mi hermana poníamos los ojos en blanco. Un verso demasiado trágico para nuestros proyectos de vida. Y encima no lo decía. No, no. Lo de-cla-ma-ba con voz quebrada y ademanes y todo. Divina.
Ahora la mujer ríe. Nos reímos juntas, como nos reímos con mi hermana cuando recordamos el verso.

Como verás, le digo mostrándole mis pelitos cortos llenos de canas subversivas, o le pego una trompada a algún espejo, que sería muy triste porque no haría sino lastimarme, o... definitivamente tendré que aceptar lo que veo y, luego de muchas afirmaciones, litros de agua y un par de buenas cirugías, llenarlo de besos al mejor estilo Nacha Guevara. Más risas.

Me alejo del puesto con la cara brillante, iluminada por la Crema Natural Rosa Mosqueta y con mi fe renovada en la terapia callejera. Después de todo el milagro de estar vivo es sentirse vivo. De la manera que uno elija, qué joder...

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Próximo: PANES Y VERSOS

12.18.2006

NOCHE HOT

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Las noches de El Bolsón en baja temporada, podría decir que son... noches. Para qué explayarme en una cuestión donde ya me cayó la ficha. Las cosas son. Y punto. El resto depende de uno.
Entonces, recorro la noche de El Bolsón en la grupa de XR cuando veo un grupo de... ¿cómo denomino a chicos más o menos entre 8 y 11 años? A ver. Muchachos: les queda grande. Niños: les queda chico. ¿Jóvenes? demasiado amplio, hasta yo puedo entrar si empujo. Adolescentes: todavía no se padecen. Pre-adolescentes: horrible. ¿Pendejos? uy qué feíto.
Divinos.
¡Eso! Gracias Annette. Divinos.

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No muy tarde, pero si muy oscuro, ya los he visto jugando en una de las placitas del lugar. Una plaza bonita. Y bonita no por mérito de algún No pisar el césped, sino porque pueden andar en bicicletas, patinar, correr, pisarla. Usarla.

En un intento de espiar sus códigos, sus piruetas, sus carcajadas, paso por delante de ellos y para mi sorpresa se quedan mudos. Me doy vuelta y advierto que yo, mamá, los he dejado mudos.

Mirá vos...

Tengo un sofisticado aparatito con dos pilas que bien podrían llamarse las luces traseras de mi bici. Aunque lo uso en un bolsillo red de una pequeña mochila en mi espalda porque nomás al sacarlo del estuche se rompió el soporte (Por $ 4 no se puede exigir demasiado)

Imposible que alguien me pase por encima, salvo que haya una justa mala intención. Tiene cuatro posiciones de luz roja: luz fija, luz que titila lenta, luz que titila rápido y una alucinante posición que desplaza una lucecita a lo largo del aparatito. Advierto que la luz roja fija en mi espalda los sorprendió. ¿Ah si?

Divinos de mi corazón, prepárense porque se viene la fiesta. Qué fantástica esta fiesta.

Doy la vuelta a la manzana y bajo para cambiar la luz de posición. Ahora titila suave. Paso despacio, chiflando bajito, como si en verdad dar la vuelta a una plaza en penumbras, por calles en penumbras, fuera todo lo que me queda por disfrutar de la vida -que por cierto lo es- sobre todo si el silencio lo sostiene el asombro de unos seres divinos.

Las placitas del El Bolsón, benditas sean ya lo dije, tienen muy pocas luces. Así, mi luz roja brilla que da gusto. Y la intermitencia, los subyugó. Sorpresa general. Están absolutamente intrigados con la luz de mi espalda.

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Pues otra vuelta más larga (dejo que reorganicen su desconcierto) y paso, esta vez pedaleando rápido, muy rápido, con el titileo rápido.
Pero qué maravilla.
Ya el juego, cualquiera fuera antes que yo llegara a sus vidas, quedó a un lado. Ahora todo es esperarme. No podría asegurar que me distinguen porque llevo gorro y está oscuro.
Cielos..., de haber sabido. Me disfrazaba en cada una de las pasadas. Y la diversión sería romana. De todos modos las exclamaciones, los gritos de sorpresa, los wuauuuu que me brindan, son para celebrar.
No imaginan la gran pasada final, ¡cuando active la posición 4! Los mataré. Sé que los mataré.

A propósito me demoro más. Tengo que pensar en la puesta en escena, en el suspenso, el tema luces lo tengo resuelto. Bien. Prepárense porque ahí voy con mi exitoso e improvisado unipersonal. Hago mi entrada a toda velocidad y 2 vueltas a la placita son suficientes para la ovación final.

En verdad fue una noche diferente. La recordarán hasta que encuentren el pequeño accesorio en cualquier ferretería del pueblo.
Nunca paré a mostrárselos.

Qué va.

Vamos... hay secretos, artilugios que una mujer nunca debe revelar, sobre todo frente a un grupo de entusiasmados en la noche hot de El Bolsón.

Yo también la recordaré.
Precisamente como el día en qué perdí el inflador de la bici. ¿Cómo?
Ni idea.


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Próximo: ESPEJOS

12.17.2006

PANES Y VERSOS

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Chechu vuelve por el Valle del Rio Negro en ómnibus. Tiene que reincorporarse a su trabajo. Ella se desocupa a las 19. Toma un ómnibus a Bariloche y de ahí otro que la llevará al Valle Medio. Yo vuelvo en el tren. Bariloche - San Antonio. Sale 17 hs. O sea, tengo que dejar El Bolsón a más tardar a 14 hs.

Snif.

Todo absolutamente sincronizado. Pasajes confirmados. Despedida anticipada. Cuatro maravillosos días de no estar juntas, porque cada uno andaba en lo suyo, pero de sentirnos juntas. Que tengas lindo viaje. Que nos vemos. Que te quiero mucho. Que yo también. Que cuidáte. Que de quién. Que de mí. Que ja, ja.

Que bay, bay.

Cecilia



Y vuelvo al Hostel a preparar la mochila.

Y no.
¿Y no qué? Que no puedo irme. ¿Qué cuernos me pasa? El Piltriquitrón. Quiero subirlo y pasar una noche en el refugio. Quiero llegar ahí arriba, a los 2.260 mts. No me puedo ir. No puedo estar en la base de este cerro y no llegar a la cumbre.
¿Por qué?
Porque está ahí.

Me quedo y lo hago. Subiré.

Con las voces de mis Anas retumbando en mi cabeza, acabo de entrar en asamblea permanente. Porque significa cambiar los pasajes y resolver el tema de la guita entre otras cosas. No es lo mismo viajar por 3 días que sacar un boleto abierto a la eternidad. Ceci me lo había anticipado una noche mientras comíamos una sabrosa parrillada en el restaurante de un griego: ‘Vos de aquí no te vas más” Posiblemente mi cara fuera una alegre fiesta popular con fuegos artificiales y todo. Por el momento necesitaba quedarme el tiempo necesario, no más, que me permitiera llegar a la cumbre del Piltri.

Así que dejo pasajes abiertos, voy a Turismo a averiguar como es el tema de la subida, resuelvo tema dinero -me llevaría 3 capítulos más explicar los cómo- y despido a Cecilia. Más que te quiero mucho besos y abrazos. Que cuidáte mucho, que de quién ja ja. Que de vos. Toing.

Snif. Bien. ¿Ahora? Nada. Subiré.

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En turismo me dijeron que en 4 horas y media estabas en la plataforma de parapentes y luego de 45 minutos el Bosque Tallado y de ahí al refugio un poco más. No sonaba terrible. Arriba había agua y podías comer por una módica suma, si estaban arriba los chicos a cargo del refugio. ¿Y?... ¿Están arriba los chicos del refugio? Obvio. Suponemos que sí. Ellos avisan cuando bajan. Obvio.
Bien. O sea, sin impedimentos.
El tiempo no podía ser mejor. Días con mucho sol y ni miras a las benditas e interminables lluvias de la zona. Entonces... ¿por qué no?

Llego al Hostel y Anny y cia. (Lndn) habían partido por 3 días al Hielo Azul (2.270 mts)
Marcelo (Brsl) y Humberto (Vnzl), preparaban su ascenso al Lindo (2.135 mts) Me invitaron a acompañarlos. Les contesté que había decidido subir al Piltriquitrón. Como ellos ya habían estado allí, me proponían el Cerro Lindo.
No deja de sorprenderme que me inviten con tanto entusiasmo. Insisto: hace mucho que no subo cerros y tal vez no podría seguirles el ritmo. Me preguntan si camino fuerte. Supongo que significa mucho. Les digo que sí. (Lástima que no está la comunidad toda de Las Grutas presente para atestiguar) Pero prefiero, por ahora, el Piltri.

Me dieron algunas recomendaciones para el ascenso. Podía tomar algunos senderos dentro del bosque si quería acortar los vericuetos de las curvas del camino.
Todo esto charlado mientras ellos hacían su pan. Les comento que yo también hago mi pan para amigos y vecinos. Deviene el asunto de la escritura y resulta que estoy entre poetas.

Llega Carlitos y se suma a la ronda. Unos pancitos que vemos dentro de una canasta los había hecho él. O sea, somos una convención de aventureros que además de versos y sueños, amasamos nuestro pan. Compartimos secretos, coincidimos en las ventajas de utilizar harina integral, las buenas traducciones, semillas de sésamo, versos libres, amaranto, quinoa, con los agregados de salvado y avena. Y la pasión, como fermento.

Probamos el pan de Marcelo. Suave, deliciosamente suave. Supone que se debe a las semillas de lino que le agrega, las que deja toda la noche en remojo. ¿Será? ¿O será la buena energía puesta en las manos de este precioso Paulista de 28 años que con la mejor onda le enseñó a su amigo de Venezuela los secretos de la magia del pan? Qué pena no encuentro en mi teclado su tono:

Mezclo los secos, mezclo los líquidos, junto todo despacito y hago una pasta un tanto cremosa. Con una cuchara de palo o con la mano movimiento bien la pasta cremosa para que se mezclen más los ingredientes.
Agrego la cantidad de harina que falta para tornarse una pasta más consistente. Pongo en la mesa y empieso a amasar, estirando y rasgando bien la pasta, con movimientos disciplinados y suaves.
Cuando esta bien homogénea, la pongo a descansar por 30 minutos, en un lugar calientito. Cubrir con una frazada ayuda mucho.
La pongo en la mesa y amaso otra vez, pero ahora con más cuidado, sin rasgar ni estirar, respetando la estructura ya establecida de la pasta. Un par de movimientos y sigue descansando por más 30 min. Corto en porciones de 500g, amaso más un poquitito y pongo en los moldes.
Dejo descansar en los moldes.
Unos 20 o 30 min. Más. Cuando están bien levados, los pongo en el horno caliente y suave
(sic)

Una canto para traducirlo a todos los idiomas.
Una oración para que no falte el pan. Un conjuro casero de amor.



Marcelo (Brzl)


Acaso la decisión de quedarse a vivir en El Bolsón la amalgamó en el bollo que trabajaron sus manos y la compartimos nomás lo sacó del horno. Estudiante de letras, surfista en las playas, aventurero, músico, poeta, artesano del pan y tanto más. Un caminante del cielo en un cruce del universo donde una señal, apenas una íntima convicción le indica Patagonia. Lo mejor, amigo. Fue un placer hacernos amigos.
Preparo la mochila para mi ascenso al Cerro Piltriquitrón: bolsa de dormir, linterna, cepillo de dientes, frutas, infaltable bolsita con arroz yamaní y una bolsita de pasas. Botellita de agua.
Le aviso a Carlitos que si en cinco días no bajo que nadie suba a buscarme. Que me dejen ahí.
Risas.
Mucha risa pero esto es serio. Siempre hay que avisar cuando uno sale a la montaña. Le encargo mi Morocha. Hará unos buenos pesos con ella no te preocupes, bromea. ¿Bromea? Espero que sí. Ya que el Hostel tiene sus propias bicicletas para alquilar a quien las necesite.

Carlitos está probando el tema de la calefacción. Significa que me toca dormir cada noche en un dormitorio diferente. Porque algunos sectores, a medida que sube o baja palancas, suelen quedar fuera del circuito, no sabe por qué. Yo tampoco.
Mañana llega Ernesto, el dueño, otro instructor de esquí de Bariloche. Es el que sabe.

Cuando uno va de aventuras a las montañas puede dejar su equipaje en los lockers de los dormitorios bajo candado. De todos modos nadie toca nada. Y lo que yo dejo, juro no tentará a nadie.

Un baño y me acuesto con la mente puesta en el Bosque Tallado. No imaginé que sería un lugar que alguna vez me quedara de paso.
Otra noche más en El Bolsón donde, un cielo oscuro y profundo se me viene encima, me noquea y me deja mirando las estrellas. Como suena.

Y dale con los cielos negros y profundos... Si me disculpan, mientras vos te recuperás de tu noqueo cósmico, bajo a ver qué onda con los chicos junto al fuego.

¡¡¡Annette!!! ...



Próximo:
SENDEROS

12.16.2006



SENDEROS

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Foto: Rubén Sotera


Dispuesta a trepar hasta el cielo y asomarme al otro lado del mundo, salgo y tomo el camino cubierto de hojas húmedas que bordea las chacras linderas al Hostel.
Llego a la ruta 40 (ex 258) y sigo hacia el sur. Camino por la banquina unos 4 kilómetros y antes de llegar al Paralelo 42, tomo el acceso al Cerro Piltriquitrón, sobre la izquierda de la ruta. Ingreso a Villa Turismo.
Salí del Hostel a las 10.30. La cumbre del Piltriquitrón está a 2.260 metros sobre el nivel del mar.

¡Ea, Cumbre... no te muevas de ahí que ya voy!

Comienzo el ascenso entre las cabañas semiocultas por los árboles y cercos de los jardines de la Villa. En auto sólo llegás hasta la Plataforma de Parapentes, 14 Km más arriba. Luego, dicen, allí se termina el camino y uno sigue por un sendero.
Y basta que alguien mencione la palabra sendero para que inmediatamente por mi médula, venas y piel de serpiente comience a fluir una poderosa energía que me pone en movimiento. No sé si se trata de locura innata o adquirida. No viene al caso analizarlo porque, como sea, me gustan los senderos y recorrerlos me llena de satisfacción.

Una camioneta se acerca por detrás. Por el ruido, viene subiendo a mil Es de color claro, trompa ancha y cuadrada, doble cabina. Supongo tiene sus años. Patente blanca. Extranjeros. Gringos.

Cualquiera de mis hijos diría en el acto, marca, modelo, año y cualquier reforma o agregado que le hubieren hecho a su diseño original. No es mi caso. Aunque mencionar los datos referidos denota una esmerada observación de mi parte.

Pasan a mi lado y el bochinche lo produce la caja cuando salta sobre las irregularidades del terreno. Alguien me saluda desde adentro. Saludo.
Fantaseo con hacer dedo: acorto tiempos y alivio esfuerzo. Pero desisto porque el objetivo es otro.
Bay, bay camioneta.

Cruzo la villa y luego comienza el camino que serpentea por la parte inferior del cerro. Más adelante me encuentro con la entrada de un atajo indicado por Marcelo (Brzl) en el Hostel, apenas referida por un pequeño poste clavado entre la abundante vegetación. Sigo por un sendero mágico, silencioso. Oscuro y fresco. Increíble.
No tengo el talento de Neruda para describir este universo vegetal con un puñado de palabras, hacerlo transferible. Lo atesoro para mí en experiencia íntima, personal. Prefiero que me quieras a que me digas que me quieras.

Doy con una vertiente de agua clara. Mojo mi cabeza y bebo un trago.
Retomo luego el camino. Creo que acorté dos grandes curvas. No traigo mapa conmigo y no hay demasiados carteles. Mejor, así no me engancho calculando mentalmente distancias y tiempos.
Las señales, discretos referentes, aparecen exactamente en el momento que me quedo sin aire. De algún modo me dicen: Ey, no subís sola. Acá estoy yo diciéndote que más adelante viene algo digno de tu esfuerzo. Mové el culo.

(Si uno afirma las piernas abiertas desde la cadera, apoya bien los pies y usa el culo como timón, tranco a tranco, asciende)

Apenas un rústico cartelito pintado a mano me indica 2 Km a la base de los parapentes. Me parte de gusto el cartel. Un sincero aliento a mis ganas de acostarme panza arriba, brazos en cruz, aquí, en el medio del camino.
El ascenso no se me hace fácil por mis años y, aunque mi estado no es malo, el esfuerzo es permanente, hay que sostenerlo y a medida que subo, la presión baja, o sea, mi ritmo cardíaco se hace sentir en las paredes de mi pecho. Encima, tengo el corazón grande. Así dicen los electros, y mis queridas tías viejitas cuando me exageran.
Un porfiado esguince de tobillo comienza a molestar.

Wuaw! Qué vista. Qué silencio. Qué paisaje. Ni un alma a la vista.
El sol está justo arriba de mi cabeza. Hace calor. Estoy empapada, sobre todo donde apoyan las cinchas acolchadas de la mochila. Ya me saqué un buzo, ahora solo me queda una remera de manga cortas. En los sectores del camino donde no da el sol mi sudor se vuelve frío, agradablemente placentero.


Llevo 3 horas de ascenso. Escucho el motor de un vehículo cuando sube. Y lo hace lentamente porque el camino está cubierto por piedras que asoman de la montaña. Otra camioneta doble cabina. Esta vez, amarilla. Por las inscripciones en las puertas es la gente que está con los vuelos de los parapentes. Hermosa sonrisa de una mujer que saluda, Y puede volar, pienso. Y volar sobre los faldeos de estas montañas ha de ser una experiencia alucinante.
Justo enfrente al Hostel, dentro del predio hay un poste con una manga blanca. Me dijeron que los parapentistas terminan su viaje ahí. No puedo dejar de comparar mi esfuerzo con la aventura de bajar por el aire y posarme a metros de la entrada al Hostel. Otra idea que me tienta.

Sigo y sigo y llego a la plataforma. Una arcada realizada en troncos da ingreso a la misma a mi derecha. Un tronco a mi izquierda tiene clavados unos carteles: al Bosque Tallado, al Refugio del Piltri. Enfrente, otro indica, en líneas generales, que hay que subir siempre acompañada, mejor si es personal especializado. Por cuestión lógica, por si reventás como un sapo, como sería mi caso. Ni pensar en ayuda inmediata porque, convengamos, no es una ruta harto transitada.
O sea, si sobrevivís a tu propia estupidez y lográs bajar, no vayas a echarle las quejas a nadie.

OK. Bien copiado.


Aquí comienza el sendero que lleva al Bosque Tallado. Pues bajo estos carteles me siento, ¡por primera vez! Me hidrato con mandarinas y agua. ¡Delicioso manjar! Cáscaras a una bolsa, aunque es orgánico, y bolsa a la mochila. No vi basura en todo el trayecto. Nada. Ni un papel.
Me saco la remera empapada y la sujeto, como la capa de Superman, sobre la mochila para que se seque. No creo que a los duendes del bosque los asombre una mochilera en tetas.
De ahí en más el sendero se hace más empinado aún. A lo lejos veo un sector de la montaña, con menos vegetación, con árboles grises, secos.

Mientras subo miro sobre la tierra suelta del sendero diferentes rastros de zapatillas. Deduzco, y no de una canchera ojeada como lo haría mi amigo Alberto, sino a través de meticuloso estudio a lo largo del trayecto que, uno del grupo de 4, de huellas pequeñas y contextura liviana, por momentos levita.






El Bosque Tallado responde a una convocatoria para escultores a fin de convertir un sector del faldeo de la montaña, seco, quemado por un incendio, en un paseo artístico. Allí se exhiben esculturas talladas sobre troncos secos y fueron creadas por artistas locales y de distintos puntos del país, en encuentros realizados en los años 1998, 1999 y 2003.
Un paseo, doy fe, que resulta digno de visitar aunque haya que trepar lo que hay que trepar. Impresionante. 31 tallas, obras monumentales erigidas en la penumbra vegetal de una montaña a 1.400 metros de altura. Es algo groso.

Me detengo bastante tiempo, entretenida, camino por el paseo de esculturas, escucho los sonidos del bosque, huelo pequeños detalles que se volverán fuertes improntas en mi memoria. Es una sensación mágica estar aquí arriba, sola, rodeada por formas que renacieron en este rincón del universo. Vaya uno a saber para qué misión cósmica se sacudieron de encima astillas secas y desnudas muestran lo que son.
Para mí.
Para mi exclusivo gozo.
Me gusta pensarlo así. Porque hoy estoy frente a ellas casi desnuda también, en extraña misión. Sin poder visualizar aún en el tapiz de mi vida, el dibujo del que soy parte.
Como sea, disfruto del momento.

La vieja Ané me dice que me ponga de una vez la remera, que me va a agarrar un pasmo y que, además, para qué andar calentando maderas que ya tuvieron sus fuegos.
Bien. No quiero enfriarme, porque me falta todavía un trecho.
Dejo las esculturas atrás.

El atrás en la ladera de una montaña es un paisaje cada vez más ínfimo. Me despojo de la placenta vegetal en la búsqueda esquiva de una apertura que me sucede más arriba. Y transcurre en el momento lento de un paso detrás de otro, una profunda inspiración tras otra mientras mi corazón aguanta.

Las tallas, anuncian en Turismo están a sólo 45 minutos de la base de parapentes. Ahí nomás. Y claro... 45 minutos en las casi 4 horas que llevo, no es nada. Y es un montón. Porque es el tramo final del ascenso.
Algunos carteles del refugio bajan a darme la bienvenida.

No sé quién esta ahí arriba pero comienzo a sentirlo un amigo, un viejo amigo que sabe de qué se trata mi esfuerzo, porque conoce y cuida como a sí mismo este lugar, porque lo ha elegido para vivirlo, porque de alguna manera espera a alguien que sabe que se irá. Y quedará a solas otra vez con la montaña. La sola idea me anima en los últimos metros.

Necesito un abrazo. Que alguien me diga: Bravo, Ana, por tener las ganas de no quedarte con las ganas.
Y por haber llegado hasta aquí. De veras lo necesito.
Cuernos... No sé si me lo dije o lo grité. Me parece oír mi voz rebotando entre las paredes de los cerros.

Un ladrido me recibe. Sigo subiendo y luego asoma el pelaje amarillo dorado de un perro, acaso un Collie. Y detrás, a medida que subo por un terreno de gramilla comienza a aparecer poco a poco, un techo oscuro de madera a dos aguas, luego unas rústicas ventanitas en la parte superior del frente.

Y en el frente, sentados sobre los escalones de la puerta abierta de un refugio, el Refugio del Piltri, un grupo de locos aventureros como yo.


El refugio con nieve



De la misma manera, en espejo, también les aparezco al perro y al grupo que me mira. Asoman mis pelos empapados de sudor, luego mi cara quemada por sol, mis trapos enroscados en el cuello, mis sueños en la espalda. Sin aliento, vestida con mis viejos pantalones de campo, mis zapatillas de trekking, rengueando por mi tobillo hinchado y una legítima felicidad que flameo como emblema.

El terreno de gramilla se nivela y se convierte en una hermosa explanada bajo una pared de montañas. Más arriba aún, veo la cima.
Me saco la mochila y la apoyo en el piso. Suspiro.
Entonces alguien se desprende del grupo y diciéndoles no sé qué cosa a los otros, viene corriendo a mi encuentro y me abraza.
Me siento de maravillas dentro de su abrazo.

Ojos ligeramente inclinados hacia arriba, alto, morocho, pelo largo. Fuerte. Fuertísimo.

Yo lo pedí. Pero es demasiado para mi gusto.


–Justo para el mío. –acota Annette.


Agradezco a Carlos Rey la foto del Refugio.

Próximo: PUERTO MADRÝN


12.15.2006

PUERTO MADRÝN

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Me acerco al grupo congregado en la puerta del Refugio, acompañada por el ángel del abrazo.

Nos saludamos. Hi! beso, Hi! beso. Me dan una cordial bienvenida en 4 idiomas, porque yo no reacciono a ninguno. En realidad no tengo aire adentro para poder hablar, por la altura o por la apretada del abrazo.

Hi, digo. Y agrego: español.

¿Eres de España? Pues, Mujer, ¡Yo soy Catalán, de Barcelona!..., exclama uno de ellos.

Soy Argentina. ¿Y de qué lugar de Argentina eres? –el ángel lidera. Vivo aquí en la Patagonia, en Las Grutas. Dónde queda Las Grutas, pregunta ansioso. Del otro lado de esta misma provincia. Provincia de Río Negro. Ah... pero eres de aquí nomás, acota el catalán. ¿Y ustedes?. Where’re you from, les pregunto. Holanda. Japón, Barcelona. Y yo soy del sur del Sur de Chile. Estos son mis amigos. Soy Guía de Montaña de Torres del Paine y venimos del Chaltén.

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El Chaltén



Oh no... El ángel es un chileno del sur de Chile. ¿Acaso esto es otra maldición o un resarcimiento divino?

Nota de editora: léanse cualquiera de los Yalour de Colección anteriores.

Vamos... muéstrame dónde vives. Dibújalo aquí sobre la tierra, Chile me entrega un palito.

Entonces, apunada, bosquejo sobre la tierra un mapa, una mala síntesis de las costas de Río Negro y Chubut.
Dibujo un golfo y un punto, digo: Puerto Madryn. Hacia arriba, dibujo una península y un gran golfo con otro punto en la orilla superior: Las Grutas, señalo. Todos muy atentos.
Aquí. Aquí vivo yo, y dejo el dedo en Las Grutas. Here, I live here, para el resto.

Pero estás muy cerca de Madrýn –lo pronuncia con acento en la y. ¡Y nosotros vamos a ir a Madrýn a ver las ballenas! –dice el líder entusiasmado.
Muy cerca de Puerto Madryn, en verdad, termino. ¿A ver las ballenas?..., reacciono. No tengo nada en contra de las ballenas, aunque no estoy de acuerdo con los avistajes embarcados.
¿Y por qué?..., quiere saber el Catalán.
Porque a mi no me gusta que me molesten cuando me apareo. Menos que me saquen fotos cuando copulo.

Así de simple.
Y ante el silencio, (voy a aceptar definitivamente que suena espantoso), agrego y porque entiendo corresponde: Quizás a las ballenas lo les moleste, siregresan todos los años al mismo lugar a hacerlo, más allá de cualquier abuso turístico.
Posiblemente es así, corta el Catalán que tiene prisa. Supongo que se refiere a las ballenas y no al abuso o que habría que cortarme la lengua por blasfemar contra el Dios Turismo.

Si ustedes bajan, quién queda por aquí?–pregunto cambiando de tema.
Y ánda, vamos, dinos a cuántas millas, kilómetros tu vives de Madrýn, a qué distancia, me apura el ángel.

¿Y de dónde le viene tanto interés?

267 Km.–preciso. ¿Y los encargados del refugio dónde están?–insisto.
¿267? Pues son muchos kilómetros. Mujer, que esa distancia no es poca. Lejos de Madrýn queda La Gruta donde tu vives.
La Gruta, no. Que de virgencita milagrosa no tengo nada. Las Grutas, corrijo.
Bueno, sonríe. A muchos kilómetros de Madrýn.

Harta cansada me tienes. Y dále con Madrýn. Anushka escupe y toma la posta. Buscas gresca chileno, pues que la tendrás.
Tu, le digo mirándolo a los ojos, no sabes nada de Patagonia. 267 Km no son muchos. En Patagonia no son nada, confirmo. No es nada. Nada de nada. Nunca, sigo, 267 Km es lejos en Patagonia...



Mujer... pero...

Por lo que tú vives a lo largo, en las distancias, Tesoro –interviene Annette.

Retomo el control y Annette se aleja mutis por el foro con un voleo en el traste.

Las Grutas está muy cerca de Madrýn, Aunque a ti te parezca que no. Y lo digo usando sus acentos, sus Tú y sus Ti. Para que entienda.

El Holandés, captó sólo los referentes indicados en mi burdo mapa de campaña. Y sonríe porque yo sonrío.
El Catalán apura: Tenemos que bajar ya, ándale, que seguimos a Bariloche. Y lo dice cada vez que pasa por sobre el mapa y van 4. Saca del Refugio las pertenencias de todos, gana tiempo. Kioto está fuera del asunto. Nadie traduce porque se volvió asunto entre dos. Se balancea sentada sobre la baranda de la plataforma.

Hasta aquí sin problemas, pero decirle a un culto y por cierto soberbio hermano del país vecino, Guía de Montaña de las famosas Torres, que no sabe nada fue acertarle a los huevos, dicho con todo respeto.
Lo dejé sin aire, sin palabras. Y eso, y no siempre, significa ganar una batalla.
No tenemos tiempo para seguirla. Diplomáticamente hay que cortarla, porque a él, el grupo se le va.

Admite, mirándome pensativo por un momento, que en verdad 267 Km no es nada en la Patagonia, por lo que uno vive en las distancias, Tesoro, remarca. Y sonríe. Y me pide mi correo que anota en un papel diminuto. ¿Querrá seguirla vía electrónica? Por las dudas me equivoco en una letra.
Enseguida, me zampa un beso en la boca y sale al trote largo detrás de los otros.

Ejem...
Bay, bay chileno.




12.14.2006

NIRVANA

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Nacho, un jovencísimo muchacho con rastas en la cabeza, de turno en el Piltri, me enseña algunas pautas para manejarme dentro del Refugio y regresa a cortar leña.
Luego de estirar mis piernas me acuesto sobre la cubierta de tablas de madera que rodea al refugio. No necesito hacer otra cosa. Solo deseo quedarme aquí, así, por el resto de mi vida. Bajo el sol de la tarde y sentir la paz que siento, si la paz es estar acostada sobre la cubierta de tablas de madera que rodea... etc. etc.



A mis pies hay un abismo donde casi 1.700 más abajo, en el fondo, está el pueblo de El Bolsón. Del otro lado de El Bolsón, enfrente, otra cadena montañosa. Sobre el filo del abismo, una enorme piedra con una superficie plana justa para un trasero, oficia de perfecto mirador.
Detrás de mí, la pared del Piltri, la cumbre de piedra gris oscura sin vegetación, con sectores de arenilla.
Evidentemente, hay en la montaña un visible desdén hacia todo lo que respecta a la vida, de la cual se despoja poco a poco, a medida que se eleva. Linda frase, me encantaría saber de quién. ..


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Muy cerca de donde estoy está la cabaña de Martín Rey y Leonora, concesionarios del Refugio, donde Nacho acopia leña. Más allá en el bosque, una pequeña construcción en madera: el baño: un cuartito con inodoro y ¡con agua que sale si uno aprieta un botón! Un exquisito servicio. De todos modos prefiero el bosque, con palita.

Sat, la vieja perra amarilla está en trance, mas o menos como yo, muy cerca del sendero sobre la explanada, Casi encima, tengo un porfiado gato o gata, da lo mismo, que insiste en recostarse sobre mis costillas.

El golpe del hacha es el sonido de la tarde. Cafú, el otro perro del Refugio suspira bajo la plataforma donde estoy derrumbada.
Sigo en estado vegetativo. Ya llevo 2 horas. Supongo que me ha bajado la presión en extremo. O disfruto del Nirvana en experiencia mística sin chamanes ni peyotes.


..
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Vista desde el Cerro Piltriquitrón



El sol seca mi ropa toda, colgada sobre la baranda de la plataforma y también el sudor de mi piel toda. Qué experiencia absolutamente extraña y placentera. Nacho viene a decirme que si quiero té, adentro hay.
Imagino que debe estar preocupado: Si esta mina fundió biela, primero tengo que vestirla y luego cargarla por horas hasta abajo. Nada sencillo lo uno ni lo otro.

Pienso en el grupo que se fue a hace unas horas. ¿Bajará levitando la diminuta japonesa o irá haciendo giros de Ninja de rama en rama?
Son todos muy jóvenes. Digamos ninguno bajaba de los 30 ni subía de los 40. Venían del Sur y por lo visto les urge Bariloche.
La camioneta de trompa cuadrada que crucé abajo pertenece al líder chileno.

Mi abuela era de la Isla de Pascua, contestó cuando, así nomás, le dije que tenía cara de indio. Descendiente de indio, entonces, con cara de indio, chivita y pelo largo, negro, brillante de indio. ¿Tendrían los antiguos habitantes de las tribus de la isla de Pascua, de origen polinesio, el cuero cabelludo cayéndole a lo largo de la espalda en cascada de rulos?... ¿Eh?

Vestía, eso sí, prendas que en nada se parecen a las vestimentas étnicas de un indio, pero sí tienen que ver con la buena ropa de montaña que consigue un Guide Mountain en las capitales del mundo. A un muy buen carísimo precio, a cambio de que lleves pegadito a tu corazón las pequeñas lagartijas o bichos sean que identifican a los que eligen buena ropa de montaña. ¿Se entiende no? Publicidad. Sobre todo si las lucís, obvio, en uno de los centros mundiales de mayor afluencia turística. Por ejemplo: Torres del Paine, Chile. Todo realizado en material súper liviano, súper práctico, súper resistente. Desde el calzado, los chalecos, la bolsa de dormir, la diminuta mochila.

En perfecto inglés se comunicaba con Holanda y Kioto, que muy poco sabían del idioma de Cervantes. Un tipo con mucha energía. Energía que le salía por los poros de su piel de indio.
Se emocionó al verme llegar, confesó. Cuando nos cruzamos en la base, preguntó a sus compañeros si se detenían y me llevaban, porque suponía yo subía al Piltri. Pero nadie le contestó ya que venían charlando entre ellos. Y porque yo no le hice señas. Cuando me vio llegar, les gritó: “¡No puede ser, es la mujer que crucé abajo!” Que era increíble el trayecto que yo había hecho caminando, me supone un dinosaurio, un tremendo esfuerzo, agregó. Un dinosaurio vivo, deduzco.
Él trabaja con grupos, siguió en tono confidencial, y de veras lo mío es para destacar. Sola, trepando todas esas horas... ¡Mujer!...por un bosque donde en esta época del año no encuentras a nadie.

(No fueron tantas, qué te pasa, Chico, sólo 4 horas y media. Mantuve buen ritmo. Y conste que paré 15 minutos para hidratarme y no sé cuánto, para disfrutar el Bosque Tallado. No ilustré diciendo en tetas, porque no venía al caso y que te encontré a TI tampoco, para qué)

Y por eso sintió que tenía que abrazarme. Concluyó.
Sí que seduces lindo, Chilenito.
Pero no. No, Lindo. No es por eso. No trates de confundirme. Es porque yo pedí un abrazo.
Hice unos deberes mientras trepaba la montaña.

Y no fue tan terrible hacerme cargo. ¡Qué ba!
Apenas una discusión, sólo algunas diferencias de opinión respecto al más y menos entre unos puntos geográficos de la Patagonia. Digamos, una conocida discusión. Histórica si viene al caso.


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Próximo: MORENA

12.13.2006

MORENA

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Conversaciones
Morena y la perrra Sat




Regreso luego de horas del vuelo místico que emprendí tirada panza arriba sobre un piso de tablas, en el exterior de un Refugio de montaña a casi 2000 metros de altura, y con un gato recostado en mis costillas.

Tomo tres tazas de té. Tal vez haya sido sólo una alucinante deshidratación. El tobillo, frío otra vez, comienza a dolerme, de todos modos salgo a recorrer los alrededores.
El bosque cercano al refugio tiene unos rincones increíbles. Subo un poco la montaña y encuentro la vertiente que provee de agua, manguera de por medio, a dos tanques ubicados cerca del refugio.
En realidad el terreno es muy empinado y me duele mucho el pie. Bajo y me quedo con Nacho. Puedo ayudarle con el tema de la leña.

La perra comienza a ladrar. Si ladra, me dice Nacho, es porque sube alguien.
Fuimos con Sat, entonces, a recibir a quien sea.

Y en verdad al poco tiempo aparece un Jesucristo Super Star. Saluda a la perra como a una vieja conocida. El Jesús de la Montaña es un californiano muy alto, de ojos claros, con barbas y pelito largo rubio oscuro, sujeto en una cola. Vestido con jeans, pulóver de lana azul oscuro cuello alto. Trae una pequeña mochila. Es amigo de Nacho y vive desde hace años en El Bolsón. La chica, amiga, compañera de subida, viene más atrás, dice.

Porque se encontraron con una vaca y ella le tiene terror a las vacas y la vaca llevaba un cencerro y como Raquel corría, así se llama Raquel, la vaca fue tras Raquel. Y él, por querer alcanzar a Raquel, corría a la vaca y la vaca corría y hacía sonar su cencerro que asustaba más a Raquel. Venían por un sendero pero Raquel corría tan ligero que no se dio cuenta que ya no corría por el sendero. Saltaba entre las matas del faldeo y él no la podía alcanzar porque Raquel, estaba asustada y corría sin detenerse y cuando él al fin la alcanzó estaba perdido y Raquel muy cansada. Se cansó porque corría ligero. Y se pinchó con las ramas, por el susto a la vaca.

Raquel le tiene miedo a las vacas, redondeó.

Lo escucho atentamente. Le cuesta hablar por la risa que le viene por este asunto de Raquel y la vaca. Parece ya se ha repetido en otras oportunidades. Y siempre, Raquel se asusta con la vaca

Pregunto... ¿Y dónde está Raquel?
Viene por ahí abajo. Y me señala abajo.
Esto ha de ser así de simple, pienso.

Al cabo de media hora, llega Raquel, baja, redondita, morocha, de piel hermosa y grandes ojos negros, nariz ancha y plana, con aros en las orejas que le cuelgan en racimos de plata labrada. Tal vez, descendiente de Mapuches. Artesana. Realiza trabajos en macramé y construye atrapa sueños.
No se habla de la vaca. Le molesta una espina que tiene clavada en la cintura. No se queja de la espina. Cada tanto, en silencio, intenta quitársela. Un piercing junto al ombligo le asoma por sobre su pantalón.
Extraña pareja de amigos, él tan alto y ella tan baja. Tienen idea de pasar la noche aquí y a la mañana temprano salir para la cima del Piltri que está en 50 minutos de ascenso.
Perfecto. Ya somos 4, pienso. Y mañana puedo subir con ellos.

El Refugio es una construcción realizada con maderas, piedras, arenilla, del lugar. Uno aprecia el esfuerzo e ingenio cuando se tiene en cuenta que todo lo que se piense para el refugio tendrá que ser acarreado a pulmón, ya que los vehículos llegan sólo hasta la plataforma, una hora más abajo. No puedo dejar de pensar como llegó la pesada cocina a leña.
Es una cabaña rústica y firme. Maravillosa, con la belleza que tienen los lugares que los hombres respetan.


Tiene cuatro pequeñas mesas con bancos de madera, como una acogedora fonda que invita a la charla y a escuchar historias. Historias que, indefectiblemente, terminan enredadas con la historia de uno.
Un tambor de 200 litros funciona como salamandra en el medio del recinto. La cocina a leña está en un rincón y una barra de piedra y madera separa el ambiente.

Encuentro una pequeña repisa con folletos, libros de autores locales y una pila de cuadernos con alambres. Los cuadernos del Piltri. Arañazos en el papel de quienes suben al Cerro y se resisten a dejar el lugar.
En una mesa, un pequeño álbum de fotos. El Refugio rodeado de nieve, el Refugio rodeado de flores. El viejo refugio, antes del fuego que lo destruyera en el año 1998. El actual Refugio. La perra. Fotos. Hombres peludos. Paisajes. Fotos. Robos de instantes para demostrarle al tiempo que determinados momentos a ellos les pertenecen; que los ganaron porfiándole a las desganas. Aquí están, fijáte. Soñadores que apostaron al esfuerzo una y otra vez.
El premio es hacer posible un Refugio en la montaña, camino al cielo para quienes eligen llegar por un camino de montaña. Sin desmerecer a quienes lo alcanzan por otras vías.

Sobre el piso de madera de la planta superior se acomodan los que vienen. Como quieren, me dice Nacho. Hay colchones y mantas, ofrece. Una escalera, de simples palos te lleva al piso superior.

Afuera, las sombras ya rodean el refugio. El cielo, increíble, se cubrió de estrellas. La luna tiene un especial halo de luz blanca. No tengo sueño y no hace frío. Según escucho, estamos en mayo y es un clima excepcional. Parece que es el tiempo de las interminables lluvias.

Raquel me habla de la vaca. Muy bajito. En serio, la asustan las vacas. Parece que puede cruzarse con temibles fieras y no les teme. Pero sí le tiene miedo a las vacas.
Es una mujer suave, lenta. No se hace notar mientras prepara el mate o coloca tortas fritas a calentar sobre la cocina. Se sienta sobre una silla, increíblemente cómoda que hay casi al ras del piso con una matra como almohadón. Desde allí nos ceba mate, mimetizada con el entorno.
Ha traído arroz integral y atún para la cena, una comida típica de la gente del lugar. Y pan amasado por su amigo, agrega. Hablamos sobre el hanta virus, el fantasma que sobrevoló bastante tiempo por El Bolsón. Amigos que la padecen. Amigos que se curan. Cuestión política. Verdades y mentiras. Causas y efectos.

Nacho comenta que esa noche tiene que transvasar cerveza. ¿Y qué significa eso? –pregunto.

En la cabaña de al lado están haciendo cerveza artesanal. Nos cuenta que cada tantos días hay que sacar el líquido del tambor, pasarlo a unos baldes y retirar el sedimento del fondo y volverlo a llenar. En realidad la elaboración la hace quien esta a cargo del Refugio pero como no está, él le ayuda.
Le proponemos ayudarle nosotros a él y allí vamos todos.

Wuau... qué lugar.

Otro refugio que utilizan, por ahora, para trabajos porque la familia que lo habita bajó.
En un rincón en penumbras una sillita hamaca, pequeña, tallada a mano me conmueve. Es de Morena, la nena que vive aquí, me dice Nacho.

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Morena bebita y su sillita


No puedo dejar de imaginar a Morena en este lugar, sentada en esa silla. Sin dudas una infancia muy especial, si por ejemplo, trepada a su hamaquita puede subir y jugar a la escondida entre las nubes.

En el cielo las estrellas...” y yo levantaba bien alto el brazo,

... en el campo las espinas...” el brazo extendido hacía un semicírculo a la altura del rostro

“... y en el medio de mi pecho...” y venían los puños al pecho,

"... la República Argentina" (porque rimaba con espinas)

Pues aquí, esta niña tendría que manejarse con otros planos, y otros referentes porque el cielo lo tiene encima y las espinas están tan abajo que para qué ir a buscarlas.

¿Qué formas dibujan tus cielos, Morena?
¿Qué cucos habitan detrás de tus montañas?


Apenas iluminados por la luz de un foquito como el de mi heladera, Nacho y su amigo comienzan a trabajar en el brebaje del tambor de 250 litros.
Nos cuenta, a medida que llena los recipientes, que hace poco empezó a conocer los secretos de la cerveza artesanal. Y nos explica la razón de pasar el líquido a los baldes, qué cantidad le ponen de lúpulo, qué cantidad de levadura, qué es la levadura, qué tiempos necesita, que rinde obtienen. ¡Qué clase, Maestro!

No quiero saber que bebo cuando bebo cerveza. Qué química proceso seducida por las poderosas marcas. El perfume, en principio es muy diferente.
Y por si me quedan dudas respecto al placer de lo genuino, Nacho nos da a probar de una botella que envasaron 15 días atrás.

Y pasa lo que sé que me pasa cuando intuyo lo bueno: ya no tengo retorno. De ahí, más. Nunca, menos.

Entonces, sin culpas, abandono libros, apago voces, Aparezco y desaparezco sin anuncios. Digo no gracias para disfrutar otras gracias. No digo me gusta si no me gusta. Hago mi pan. Leo Orsai en Internet, http://orsai.es/, me empecino, quien no lo sabe, con Claudio Andrade, a pesar de Claudio Andrade. www.rionegro.com.ar. Subrayo frases de viejos libros ya subrayados. Me nutro en definitiva y en la medida de mis posibilidades, de aquello que sudaré con placer.

En la penumbra de un refugio de montaña huelo el aroma de una familia de montaña, lo hago mío por una noche, fantaseo sus sueños, juego sus rutinas, me escondo entre sus fantasmas.

Y sé que de aquí en más, en ronda de amigos, a falta de cerveza artesanal, un vino oscuro, decente, será una buena elección.

Sat ladra.

Alguien viene, afirma nuevamente Nacho, mientras lava con sumo cuidado el tambor de plástico azul a fin de llenarlo nuevamente con el líquido trasvasado.
Salgo a mirar y acompaño a los perros bajo la luz de la luna hasta el lugar donde comienza el sendero.
Sospecho que Sat les hace creer a todos que está sorda. (Como seguro terminaré haciéndolo yo para poder dormitar tranquila en un sillón junto al fuego mientras otros se calientan frente al entusiasmo de sus sueños)
La perra ladra asomada por sobre las sombras de la ladera y uno advierte que espera a alguien, aunque ese alguien no llegue.

Al cabo de cinco minutos veo un hombre, vestido de oscuro, que sube deprisa, con pasos firmes, con el pelo sujeto por una colita y que nomás a dos trancos de mi asombro, se detiene. Y sin decir agua va, me abraza.

Demonios... a este abrazo, ahora húmedo, yo lo conozco.

Annette, házte cargo.

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Agradezco fotografías Carlos Rey

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Nota:

Cuando escribía este capítulo donde menciono a Morena poco sabía de ella. Recibo un correo electrónico de un señor respondiendo a mis preguntas por Internert: ¿Qué significa ser escritor? ¿Cuándo uno es escritor? (para el día del escritor, obvio) y me dijo, entre otras cosas, que era uno de los pocos abuelos en el mundo que para ver a sus nietos tiene que escalar una montaña. ¡Pues que era el abuelo de Morena! Luego, las fotos.

Si determinados sucesos no son señales que te facilitan un camino... pues coño, ¿¡qué cosa son!?

Próximo: ANA'S